Adiós al vecino
Se suicidó mi vecino del 3º. Ayer me enteré de que se llamaba Pedro, después de más de 10 años intercambiando con él en la escalera, algún que otro “Hola” o un “Buenos días”. Antes, a lo largo de esa más de una década, nunca había necesitado llamarle de ningún modo. Estoy en shock, impresionada en varios sentidos. El primero (ombliguismo al poder), es mi talento o mi talante para desentenderme de lo que ocurre casi en mis narices. Me explico. Mientras el hijo del finado, que compartía techo con él, regresaba de unas cortas vacaciones, abría la puerta de casa, se topaba con el cadáver, al instante salía despavorido y soltaba uno o varios alaridos de dolor que dejaban a El Grito de Edvard Munch como una burda caricatura, yo me encontraba ante mi ordenador buscando un sitio rural de playa en el que se admitieran perros para fugarme durante unos días. Entonces, fui a la cocina en busca de agua y Bubu (el más sabio de mis chuchos) soltó un extraño y timido guau junto a la entrada, advertí que fuera estaba pasando algo. Espié por la mirilla y sí, pasaba. Todos mis vecinos del 4º y 5º piso se encontraban reunidos en el pasillo engasados en murmullos. Intrigadísima abrí la puerta y solté: “¿Qué ocurre?” Todos me miraron cual si fuera marciana, incrédulos y atónitos por mi pregunta, y una vecina –porque en las situaciones límites siempre hay alguien de armas a tomar– me respondió secamente: “Pedro se ha suicidado”. Las caras de desconcierto y odio que pusieron cuando proseguí con “Y ¿Quién es Pedro?”, me hizo comprender al instante: primero, que realmente soy una alienígena para ellos, ya que no vivo en su mundo, y segundo que acababa de insultar al suicida al condercorarlo como el “anónimo perfecto” después de años compartiendo portal. Jamás seré una de esas personas que aparecen en los telediarios aportando su punto de vista humano ante una noticia atroz consiguiendo así esos cinco famosos minutos de gloria a los que aludía Wharhol. En el momento del macabro hallazgo, el escándalo (que nunca oi) fue bastante mayor, acorde a los sucesivos gritos de espanto de todos los que iban enterándose del tema. Ya, aceptada en el corrillo, entre los que se encontraban dos vecinos que habían acudido en socorro del hijo y habían entrado en su casa donde estaba el cadáver, me enteré de casi todos los detalles del suceso. Pedro estaba sin trabajo, triste y deprimido. Supongo que carente de otros métodos más delicados a su alcance –sogas, pistolas, somníferos, vías de tren…– Pedro (me hace sentir un poco mejor escribir varias veces su nombre como homenaje póstumo) acabó con su vida, clavándose un cuchillo de cocina en la boca del estómago. Harakiri a la española. Eso sí, dejó una nota en la que ponía que era un inútil, que no servía para nada y pedía perdón a sus seres queridos por lo que iba a hacer. Su vástago, antes de viajar le había dejado al cuidado de su perro que, según me enteré, llevaba dos días aullando con pesadumbre, sin que ni mi trío canino ni yo, diéramos acuse de recibo –y para eso, los cuatro somos muy perros–. ¿Crónica de una muerte anunciada? En todo caso, desoída por mi parte. Mirada la situación con un mínimo de objetividad, Pedro hizo lo que hizo sin contemplar los posibles efectos colaterales: dejar al perro sin pasear durante no sé cuántos días, llenar a su hijo de una eterna culpabilidad –el chaval se repetía “Si no me hubiera ido, esto no hubiera pasado” y obligarle a buscar un nuevo alojamiento a toda leche –con maletas, novia y can incluido– porque ¿Quién quiere dormir en el escenario de un crimen? Otra de las cosas que me llamaron la atención fue la reacción de los vecinos, que empezaron con las conjeturas de que si se podría haber clavado el cuchillo él mismo, porque era necesaria mucha fuerza y Pedro muy esparraguito frágil y pequeño difícilmente podría haberlo hecho; que la sangre estaba muy seca, signo claro de que llevaba muerto bastante tiempo, que si el pestillo de la puerta estaba a medio cerrar… Y bla, bla, bla. La cultura televisiva de CSI, en este caso Madrid. Otra de las vecinas, a la que no le gusta pasar desapercibida y que pa’ eso una tiene eso’ ojazo azule que tiene e incandilan, decidió que con la excusa de bajar a sus cinco Yorkshires a hacer el último pipí, debía desfilar,a ritmo de múltiples y agudos ladriditos, con sus shorts rojos y su camiseta con tirantes, ante los miembros de la policía científica, la Nacional, los forenses y la jueza and cia. que venían a hacer el levantamiento del cadáver . La meta, intuyo sería hacerse ver e intentar mirar. “No sólo hay cosas desagradables en este edificio…” supongo, “vuelvan cuando quieran, aquí estaremos los que sigamos vivos, pese a todo…” A veces siento ganas de escribir una tesis sobre sociología, pero tengo demasiado tiempo que perder pensando en qué me gustaría escribir para dedicarme a ello. Pero retomando esos pequeños detalles que te llaman la atención en situaciones como ésta, en cierto instante me quedé aparentemente "ciega" y mis oidos fueron la única herramienta de conexión con la realidad. Normal, había llegado a la etapa de reflexión: “No somos nada”, qué habrá pensado Pedro –si es que pensó algo– en el momento de su auto-asesinato, si su fantasma como el de Canterville seguiría rondando el edificio eternamente, cuántos cadáveres de distintos colores, tamaños, muertes y otras características, habían sido trasladados en la camilla que traían los de la funeraria, sí estaría limpia y “claro, no necesita ser especialmente cómoda”… Y así, mientras mi cabeza volaba y mi mirada se perdía en la nada, escuchaba la banda sonora de fondo de toda esta trama (como ocurre en cualquier película de acción que se precie). Las notas musicales las ejecutaban el gato de una vecina, abandonado y encerrado en su casa no paraba de maullar; los extraños gruñidos del perro del hijo, víctima y actor secundario de este thriller, notablemente alterado, los flashes de las fotos que estaba tomando la Poli; los llantos reprimidos de la gente que quería y conocía a Pedro; los pasos en la escalera de los que iban y venían y el silencio de la luna llena. Extraños animales que somos los humanos. Ayer me enteré que mi vecino, el suicida, se llamaba Pedro, pero ya no podré demostrarle que ahora sé su nombre. Y finalmente, ahora que ya he reservado un sitio de playa en Cantabria, para fugarme, descansar y recuperarme del shock vecinal junto a mis perros, podré enterarme de lo que pasa fuera de mi puerta. PD: Vale, lo confieso, aunque quede fatal. No estoy muy segura si me dijeron que se llamaba Pedro... Puede que fuera José.














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